‘Dejen que se quemen’, recuerdo de la Invasión de un bombero y un doctor

Carlos H. González

Un médico, jefe de residentes del Hospital Santo Tomás y un rescatista voluntario trabajaron sin parar por salvar las vidas de los panameños heridos durante la Invasión de Estados Unidos a Panamá.

Fue un 20 de diciembre de 1989. Ariel Saldaña y Lucas Marcos Caicedo son solo dos de muchos héroes que han quedado en el anonimato de la historia panameña, que sirvieron de manera desinteresada en su noble misión. Fueron más los muertos que las vidas que lograron salvar. A ellos, nadie se los contó.

Lucas Marcos Caicedo era bombero voluntario, apostado en la estación Ricardo Arango de la Avenida Cuba cuando llegaron noticias de un incendio en la Contraloría General. Los aviones del ejército estadounidense habían abierto fuego contra el edificio para detener las transmisiones de Radio nacional. Las llamas consumen el lugar, los heridos claman por ayuda.

Caicedo llega en una ambulancia a toda velocidad.

–       “Dejen que se queme”, le dice un soldado norteamericano en mal español.

Tras del soldado, un helicóptero Apache acaba de aterrizar para bloquearles el paso. Más atrás, el fuego y las personas atrapadas.

Treinta años después, Caicedo recuerda la impotencia de aquel momento.

“Era inconcebible para nosotros. Dónde hay un fuego, o alguien pide ayuda, ahí estamos”, exclama.

Pero en aquel 20 de diciembre del ’89 no había tiempo para sentirse impotente. Había que salvar las vidas que se podían salvar. La ambulancia dio media vuelta y fue a responder a otras emergencias.

Hasta a las ambulancias les bloqueaban el paso

 

Eran detenidos constantemente por los soldados invasores. Sospechaban que transportaban a miembros de los “Batallones de la Dignidad”, la fuerza paramilitar fiel al dictador panameño Manuel Antonio Noriega.

Efectivamente, “batalloneros” amenazaron a conductores de ambulancias y usaron los vehículos como transporte de armas y personas. Para los rescatistas, las amenazas venían de todos lados. Eran encañonados por panameños y por estadounidenses. Ellos solo querían salvar vidas.

Otras veces, llegaban demasiado tarde. Caicedo tuvo también que llevar cadáveres a la morgue del Hospital Santo Tomás. Los primeros días había espacio dentro de los cubículos, pero después debían dejarlos en los pasillos. Cuenta que tomó cuatro días despejar los muertos de las calles de la Ciudad de Panamá.

En el Hospital Santo Tomás, el doctor Ariel Saldaña veía como llegaban los cuerpos apilados uno encima del otro en ambulancias o pick ups. Recuerda ver pilas de hasta 10 cuerpos que luego eran arrojadas.

Saldaña y Caicedo coinciden en que la cifra oficial de muertos que dieron las autoridades por la Invasión no es real. Ellos vieron muchos más. En los edificios en llamas, en las calles de la ciudad, en las puertas, salas y cuartos del hospital. En la memoria de Caicedo están grabadas las imágenes de cuerpos humanos atiborrados en refrigeradores dentro de un restaurante de Calidonia. Los cuerpos, cubiertos de heridas fatales habían sido arrojados quizás con la esperanza que no fueran víctimas de la putrefacción, y que alguien los encontrara.

El doctor Saldaña es especialista en traumatología ortopédica, pero en 1989 era Jefe de Residentes de Ortopedia. La noche del 19 de diciembre de 1989 tenía 31 años y acababa de regresar de Chile, para culminar su residencia en el Hospital Santo Tomás.

Dejaron el terror a un lado y salieron a ayudar

 

El 19 de diciembre fue testigo de los primeros bombardeos. Horas antes del ataque había estado en el Fuerte Amador junto a un amigo. Un soldado estadounidense de la Policía Militar en el fuerte, le dijo que se fuera a su casa, que en Panamá las cosas iban a ponerse feas.

Fue testigo de las primeras horas del bombardeo en Tinajitas, Panamá Viejo y El Chorrillo. Llegó a su casa. Sabía lo que tenía que hacer. A las 5 am del 20 de diciembre se vistió con su ropa de médico y les dijo a sus padres que iba a trabajar. No hizo caso a sus advertencias, había estudiado Medicina para salvar vidas y precisamente eso es lo que tenía que hacer. Colgó una bandera blanca de la antena de su carro para que no le dispararan y se dirigió al Santo Tomás.

Saldaña no salió del hospital en seis días. Operaba alrededor de 30 personas al día. No había casi especialistas, no pudieron o no quisieron llegar. Había médicos residentes entre los que se encontraban 5 estudiantes colombianos. La Invasión fue una prueba de fuego para todos.

Vio llegar personas con las piernas fracturadas por lanzarse de los balcones de El Chorrillo huyendo del fuego que consumía sus hogares. También de civiles acribillados dentro de sus propios carros.

–        “Conversando con familiares me enteraba de lo que les había pasado a los heridos. Historias de que estaban en un carro y el retén los detuvo y no se entendían con los gringos. Gente que salía huyendo por los nervios y luego les disparaban”, recuerda Saldaña. “Un paciente me contó que estaba cerca del mercado de la carne de Vía Porras y que estaban disparando a los gringos. Se estaban defendiendo de la invasión y les dispararon y mataron a tres de los compañeros”.

El hospital debía ser un sitio neutral. Pero los grupos armados leales a Noriega llegaron con vehículos cargados de armas a la sala de Maternidad. Se atrincheraron y desde las ventanas del edificio atacaron a los norteamericanos. Los estadounidenses no devolvieron el fuego, ni entraron al hospital. Para eso, al menos, respetaron la ley internacional.

Entraron el 21 de diciembre, acompañados de un representante de la Cruz Roja Internacional. Las tropas panameñas huyeron, y los estadounidenses tomaron camas y espacio para instalarse. Saldaña dormía en una silla o en cualquier lugar que encontrara espacio.

Antes de la Invasión, había escasez de insumos médicos, pero milagrosamente tras los ataques empezaron aparecer. No eran suficientes, pero por lo menos había más que antes. Saldaña y sus compañeros hacían magia con lo que tenían. Los heridos no paraban de llegar. Afuera, Caicedo y los rescatistas sacaban de los escombros y las calles a los que podían y los llevaban a las puertas del hospital.

Los norteamericanos pasaban de villanos a buenos samaritanos dependiendo del momento. Así cómo pusieron un helicóptero Apache en el camino de una ambulancia y dijeron “Dejen que se quemen”, también llamaban a los bomberos para que fueran al rescate, muchas veces de personas heridas por sus propias balas.

Sus vidas 30 años después

 


Después de las extensas horas de trabajo. El médico residente y el bombero voluntario retomaron sus vidas. El primero hoy día es profesor titular en la Universidad de Panamá y atiende en una clínica privada de la capital, mientras que el segundo está retirado y se dedica a formar nuevos bomberos en la Academia.

Saldaña dos años después de la Invasión presentó un informe ante el Congreso Nacional de la Sociedad Panameña de Ortopedia y Traumatología, titulado: “Experiencia de traumatología ortopédica en la denominada operación Causa Justa”. Como panameño nunca estuvo de acuerdo con la barbarie. Cree que pudieron llevarse al General Manuel Antonio Noriega sin provocar el daño que le tocó presenciar desde su trinchera médica.

Caicedo está ahora retirado del servicio activo de los Bomberos. No perdona la invasión y guarda los recuerdos de un Panamá consumido por la muerte y las llamas.

Entre ese infierno, hubo quienes lucharon por la vida. Treinta años después, ni Saldaña, ni Caicedo han sido reconocidos por el trabajo que hicieron.