“La ciudad de Panamá es una ciudad desigual. Tremendamente desigual. Vivimos en varios Panamá. La ciudad tiene varios rostros. A veces uno piensa que vivimos en dos países diferentes, dos ciudades diferentes, con realidades socioeconómicas diferentes”.

Luis Pulido Ritter ve la ciudad con otros ojos. Sociólogo y filósofo, narra una urbe dividida. Aunque no lo veamos.

En Panamá, los ingresos del 10 % de la población son superiores a los del 70%.
La inversión social en Panamá se ha mantenido entre 8.5 y 9 por ciento, tres puntos menos que el promedio de América Latina, pese a que nuestra economía ha estado creciendo en los últimos 10 años a un promedio de 7.2% frente al 2.9% de América Latina y el Caribe.

Es decir, nuestra economía es la que más crece en la región, pero está de tercer lugar entre las que peor distribuye su riqueza.

Además de desigual, en la ciudad a la que hoy le celebramos sus 500 años están desapareciendo los signos de su identidad y cohesión, los viejos barrios, en los de que las dificultades y la solidaridad solían coexistir, hoy están en peligro de extinción. En muchos sitios, quizás en la mayoría, la ciudad se torna hostil, caótica, intransitable, sucia…

¿Cómo será en el futuro?

“Va a ser mucho más densa, va a haber mucha más accesibilidad a servicios, comercios, a espacio público. Va a ser una ciudad más dinámica y más diversa de lo que es actualmente”, considera el urbanista Luis Alfaro.

Pedro Luis Prados, historiador, sostiene que “será, como se vislumbra en la actualidad, una megaciudad con grandes edificaciones, pero con una periferia marginal muy acentuada y una desigualdad muy marcada”.

Y no solo se trata de su crecimiento urbanístico desordenado. La ciudad enfrenta otros graves problemas como la salud y la seguridad.

Panamá es un actor estelar en el proceso de globalización. Por aquí se cruza el 5% de todo el comercio mundial.

Pero esa misma ciudad codiciada y deslumbrante para otros ¿goza del amor de sus ciudadanos?

Barrios fragmentados y marginados, sin servicios básicos, que también son el resultado de la incapacidad de las autoridades de crear los mecanismos de autogestión local comunitaria.

Es mejor el regalo y la dádiva clientelista que la organización y empoderamiento de las comunidades.

De cada 10 personas que residen en la ciudad de Panamá, 4 viven en barrios que fueron producto de invasiones y carecen aún de todos los servicios básicos.

Es una ciudad fragmentada, tremendamente fragmentada. Pero en medio de esa fragmentación la gente trata de encontrar conexiones.

La ausencia de planificación y políticas de movilidad urbana y transporte, acentuada por la estampida hacia las afueras, genera otro grave problema: el uso excesivo del auto, y sus implicaciones en el costo de vida de la gente.

La sostenibilidad ambiental es el otro gran reto. Nuestra urbe no será amigable y acogedora sin que se garantice uno de sus rasgos más importantes y valiosos, su biodiversidad, sus recursos naturales.