Voces de barrio, trazos de la ciudad

por Nicanor Alvarado

La historia de la ciudad es la historia de su gente, de sus barrios, de sus aspiraciones y de sus tragedias. Los 500 años pillan a algunos arropados con la nostalgia que sienten por sitios claves de esta urbe que ya no son nunca más como lo recuerdan; a otros atrapados por la expansión casi arrolladora que se ha vivido. Y a otros, desprevenidos, ajenos, muy ajenos a este lugar que desde 1519 se llama Ciudad de Panamá.

A viva voz nos cuentan los barrios que hoy no están pero que se sienten.

‘Lo bueno, lo malo y lo feo en mí viene de El Chorrillo’

Adán Ríos, uno de los científicos más prominentes en el campo de la lucha contra el VIH en Estados Unidos, llegó muy niño a El Chorrillo. Vivía en la calle Pedro Obarrio, cuna de boxeadores, a una cuadra de la Plaza Amador. Él vio El Chorrillo que casi el 80% de la población de esta ciudad no. El Chorrillo de barrio. El de balcón. Hasta la década de los 70, que se marchó.

Las casas tenían estructura de madera, hechas para albergar obreros de la zona del Canal. Esos obreros vivían en cuartos pequeños. Tenían balcones de madera y los servicios sanitarios eran comunitarios: uno por el número plural de cuartos. Todo el mundo iba en fila. Nos bañábamos con suecos chinos y jabón que tenía ácido carbólico.

En el balcón de mi casa en la Pedro Obarrio pasé mucho tiempo, pensaba, meditaba qué iba a hacer con mi vida. Era el punto desde el que interaccionábamos con nuestro ambiente. Vi hablar a Arnulfo Arias desde el balcón, vi a Margot Fontein y a Tito Arias, siendo chiquillo. Veo las fotos de ellos en los archivos históricos del mundo y sé quiénes son porque los vi en medio del barrio.

Doctor Adán Ríos en la calle Pedro Obarrio, donde creció, y a donde tenía varios años de no ir. Al fondo la casa en la que sus padres le criaron.

El Chorrillo era un mundo aparte de la ciudad, porque nuestra cultura era una mezcla de culturas del caribe. También había italianos, españoles, chinos. La cultura antillana, pescado frito, yuca frita, estaba el restaurante Flor Santeña, de José del Carmen Henríquez. Era un restaurante donde la mayoría de los empleados eran homosexuales. La comunidad entera compraba comida muy barata de ese restaurante. Y José del Carmen era un líder comunitario importante. 

El Chorrillo lo es todo porque mi formación humana y emocional ocurre aquí. Cuando a veces hablo con mis colegas en Estados Unidos, les digo: soy lo que soy, lo bueno, lo malo y lo feo viene de aquí, de El Chorrillo.

La invasión fue un tiempo muy difícil. Las escenas más duras fueron las de las caravanas de gente saliendo de El Chorrillo. Todos los que han salido de su país –y yo salí en circunstancias no tan materialmente difíciles como la de esa gente- saben que cuando uno sale así de su arraigo, su medio, quedan cicatrices muy profundas, que uno se las lleva cuando se va. Desapareció El Chorrillo y lo que quedó fue esto.

‘Yo nací aquí y quiero quedarme aquí’

Ana y su hija, Lesbia, en la residencia de esta, en calle E Santa Ana. Dos generaciones de santaneras que sostienen que de su barrio no se irán jamás.

El Chorrillo es un barrio levantado al filo de las obras del Canal. Pero su vecino Santa Ana no. Allí, en el barrio de barrios, Ana y Lesbia, madre e hija, nacidas en El Arrabal, reconstruyen los últimos 90 de los 346 años de su barrio. 90 años claves para entender la ciudad que hoy tenemos. No en vano Demetrio Korsi –santanero también- llamó a la plaza de Santa Ana “la levadura de Panamá”.

Lesbia

Nací en la calle 17 Central, casa 689, cuarto 21 abajo. Santa Ana era un lugar sano. Recuerdo los carnavales. Tuve un muy buen carnaval. Me vestía de diablo, caminaba toda la Central, hasta que viniera el desfile. De allí agarraba mi máquina para vender mi raspao y mis naranjas.

Mi abuela vendía sus frituras, así que yo tenía que ayudarla a hacer todo. aprendí a hacer el pescado con ella. Y si me pregunta ¿a qué sabe Santa Ana? Yo le diría que a pescado.

Aquí ha habido muchos fuegos. Hubo uno grande, toda la manzana donde vivo. Ese fue ¡el fuego! Yo no perdí nada, pero amistades y familiares que tenía aquí sí. Unos viven en Cerro Batea, otros en Arraiján y así. Santa Ana fue perdiendo gente.

 

Ana

Yo nací en febrero de 1925. Meses antes de la huelga inquilinaria. Mi mamá me contaba que se pagaban $3 de alquiler, pero si no pagabas te echaban. 

Nosotros fuimos felices porque teníamos derecho a comprar en la zona, en el comisariato, por mi papá, que trabajaba en el ferrocarril. También estaba el tranvía, y cuando mi mamá iba a pagar la luz, que es el edificio que queda antes del Banco Nacional de la Central, nos daban unos tiquetes, con esos tiquetes te ibas hasta Catedral. Hasta donde yo recuerdo la ciudad llegaba hasta El Miramar. Estaba la playa. Mi mamá llevaba limón y cosas para bañarnos. Estaba cerca el matadero.

Y los carnavales…yo me iba embarazada con mi faja, mi madre me decía: ¡se va a salir! Y yo le decía: ¡no se va a salir! Yo estaba en comparsa los cuatro días. Cada día era un disfraz distinto. Desfilaba desde le IJA del Casino hasta el Casco Viejo y siempre ganamos el premio a las demás comparsas. Éramos Los Reyes.

Yo nací aquí y quiero quedarme aquí. Para mí, Santa Ana es como si fuera mía.

Betsy González, una profesora e investigadora sobre la cultura popular de la ciudad, asegura que los carnavales tenían una función de desahogo sicológico importante en el pueblo, incluso antes del nacimiento de la República.

Tomaban a Buenaventura Correoso, presidente del Estado Federal de Panamá, como rehén. Y se divertían. Eran los días de invertir los papeles. El arrabal al poder. Pero ese poder no fue solo simbólico: Santa Ana tiene un rol importante en la vida republicana, con presidentes, artistas y deportistas santaneros en su haber.

Samuel y la paradoja de la vida en la ciudad

Y tan pueblo como Santa Ana, Juan Díaz. Hoy está lleno de casas, un río que se desborda e inunda a todos, los barrios más exclusivos y la deforestación. Antes fue un caserío. La gente debía salir en botes de Juan Díaz para llegar a la Ciudad de Panamá. Samuel llegó allí en 1966, cuando estaba en plena transición. De un pueblo al margen de la ciudad. A la ciudad misma.

Mi vida en Guararé, después que salí de sexto grado, mi abuelo me dijo: saliste de la escuela, vámonos pa’l monte. Tenía ganado, la vida mía fue trabajar la agricultura, limpiar potrero, sembrar arroz, yuca, de todo. Había bastante comida, pero no había plata. Pero cada día la cosa se iba poniendo más dura: no llovía, tuve que dejar el agro.

 

Me vine solito, la mujer mía y los siete hijos que tenía se quedaron allá. Cuando cobré fui a buscarlos. Conseguimos una chiva gallinera y nos llegamos aquí. Ellos pensaban que cuando decía que íbamos a Panamá era a la ciudad. Pero cuando llegamos por la madrugada que esto era monte por todos lados a ellos (mi mujer y mis hijos) se les cayó el cielo encima.

Esto era monte. Aquí, en El Nance de Concepción Municipal era una carreterita de tierra. Con el tiempo, 20 años después de estar aquí, hicieron la carretera. La gente estaba buscando sitio. Del canto de la casa mía para atrás era monte.

Quebrada y monte. Monte para La Acacias, monte para Don Bosco, no había ni una sola casa. Hasta que lo desbarataron e hicieron las barriadas.

La ciudad de las máquinas: Abady y el Crucero del Amor

Barriada tras barriada, la ciudad de Panamá llega a los años 80 con una población de 600 mil personas. ¿Qué movía esa masa, sobre todo de trabajadores, de un canto –bien a lo lejos- al otro? ¿Qué? El diablo rojo. Y lo hizo por 40 años.

La periodista Mónica Guardia explica que el diablo rojo llegó como resultado de una política de liberación del negocio de transporte y se convirtió, a su juicio, en el fenómeno sociológico más importante de esta urbe.

 

Abady Campines y al fondo el primer diablo rojo que condujo: El crucero del amor.

En los años 40, con un simbólico “entierro del tranvía” desapareció ese sistema, para darle paso al de las chivitas de familias adineradas que se repartían rutas. Hasta la revolución torrijista, que volvió a repartir el pastel, solo que entre muchos dueños. Y por la cantidad de muertos que dejó a su paso fue bautizado como el “diablo rojo”. Abady Campines vivió la época de oro de ese “¿sistema?”

Fue una revolución en los 80, cuando salió el The Terror El Comando, de Torrijos Carter-Vía España, nuevo de agencia, bien decorado, con innovación en los costados con pinturas que no existían.

De los The Terror manejé uno de menos rango, que se llamaba Fantastic Terror. Los rangos se le daban a los buses más bonitos, más decorados. Los otros de la dinastía eran más sencillos, así que se pagaba menos cuenta. Ese era como un orgullo, sentarse en uno de esos buses. La gente lo esperaba.

En los años 80 nosotros usábamos como oro en polvo los cassettes mejor sonados. Los cromados, con los nombres de las discotecas. La música que más divertía a la gente era la salsa, los haitianos, los merengues. Las luces que se usaban las de bombillo normal, y cuando uno pisaba el freno destellaban los colores. Y no deja de faltar el tapizado de cocadita, y se le ponía vidrio recortado. El Comando trajo todo eso y tenía un bar dentro.

La ciudad era otra, más solvente, menos tráfico. Los diablos rojos entrábamos a la Central. Pasaban dos buses, uno a la izquierda y el otro pegadito a la derecha hasta calle 12.

Me da una nostalgia cuando veo un bus de aquella época, en todo sentido, pero sobre todo su decoración.

Y así, la ciudad se construye y reconstruye. Todos los días. El Chorrillo que Adán Ríos dejó en los 70 no está, pero hay otro, mejor o peor, reescribiéndose. El Santa Ana de Ana y Lesbia ya no tiene olor a carnaval pero sigue allí, incólume. Samuel, a sus casi 90 años, sigue viendo la transformación de Juan Díaz, para bien o para mal. Esa es la ciudad, un mundo en movimiento enriquecido por las aspiraciones de su gente. Donde pare, se acaba todo.